Cuentos de
Rígel Torres
Este cuento forma parte del libro
"Cuentos de La Piquiña Triste"
El siguiente por favor


Riverita no durmió aquella noche. Lo que tenía por dentro era la
desesperación más grande que había sentido en su vida desde que a los trece
años el malo de la escuela le dijo, nunca supo por qué, que lo esperaba afuera.
En aquella ocasión decidió hacer uso de sus piernas flacas y correr y correr
hasta que el maleante se cansó de esperarlo afuera. De hecho, eran tantos a los
que amenazaba con esperarlos afuera, que simplemente olvidó que se lo había
dicho a Riverita. Ahora, a sus cincuenta y siete años, no podía correr, no sabía
qué decir. Estaba aterrado. La ansiedad le corroía las entrañas y no tenía cómo
consolarse. No tenía a quién contarle sus angustias por temor a que le dijeran
"mire que yo he conocido estúpidos en mi vida, pero tú rompiste el molde; tú
eres más idiota que Carmelito, el que siembra yuca".

Y Mary, la hija de Mamel, qué pensaría. "Un hombre tan miedoso, no quiere
progresar, jamás le voy a hacer caso, mejor me fijo en un viejo con los
pantalones bien puestos, y sobre todo que guíe, porque lo más feo es un tipo
sentado al lado mío, yo guiando y él saludando a la gente, echándoselas de que
tiene una mujer más joven, más bonita, con mejor puesto y que, además, le
guía".

Y Paco, ese impertinente que se pasa burlándose de él, de que es un alcahuete,
de que no la ha librado todavía, de que todavía le tiene miedo al fantasma de su
madre. Ése dirá "se los tengo dicho, ése Riverita nació para lo que está
haciendo, ahí se muere, no lo saque de donde está porque se le va a dañar el
estómago, así fue el pai y así fue él".

Y su hermana, cuando lo sepa, cuando se entere de que por enésima vez dejó
pasar el tren. Es capaz de darle una bofetada, de decirle "coño, ya mami se
murió, despierta, empieza a vivir, ya eres libre…yo no te voy a durar para
siempre…qué pasó con los libros que te regalé, a que no los leíste…uno no
puede tenerle miedo al cambio, uno tiene que ser agradecido a Dios…así nunca
la hija de Mamel se va a fijar en ti, ni ninguna, ni siquiera una más vieja que
tú".

Y los demás compañeros del banco. Lo van a ver entrar con la corbata que le
toca ese día y lo van a ver acomodándose detrás del mostrador, arreglando la
caja, preparándose para el siguiente, para decir buenos días en que podemos
ayudarle, para oír las quejas de los que siempre se tienen que quejar de algo.
Van a percibir su olor a loción para después de la afeitada, al ras. Van a ver en
él ese porte que ha logrado que más de una persona, quizás fue Paco el que
empezó, lo llame a sus espaldas Sr. Spok. Y no es porque tenga orejas de duende
o las cejas finas, como el personaje de la serie de televisión, debe ser, piensa él,
porque es un hombre serio, organizado, lógico y coherente que aun con todas
esas virtudes no desea el puesto del Capitán. Van a ver que aunque el banco ha
cambiado de ubicación tres veces desde que por primera vez Riverita dijo "el
siguiente, por favor", el lugar que ocupa este singular cajero parece haberse
mudado con él de sitio en sitio.

Y los clientes, los que lo han visto envejecer, echar barriga, perder uno que
otro diente, dar paso a la calvicie. Esos dirán, "mejor pónganlo a brillar
cristales porque si como oficial bancario resulta tan rígido como lo ha sido de
cajero, aquí no se le da un préstamo a nadie, se estanca el pueblo, nos vamos a
la bancarrota, nos vamos con el próximo huracán…un hombre que analizaba
las firmas, las identificaciones, las fechas, los números de cuenta, después de
haber visto las mismas caras desde que los bancos se inventaron en Italia para
que otros se hicieran ricos guardando y usando el dinero de los otros…eso no es
un hombre, es una máquina…además, qué se puede decir de alguien que está
llegando a los sesenta y no se ha casado, no sabe guiar, vive con el pai, y nunca
se ha montado en un avión…cómo puede ser oficial bancario, alguien así".

Y el gerente y los supervisores. Cuál será la insistencia de que acepte el cargo
de oficial bancario si ellos saben que no le interesa, jamás le interesó. Deber ser
la influencia de las mega tiendas…si hay alguien más joven que puede hacer lo
mismo por menos, para qué aguantar al viejo, pero si no lo pueden botar,
ofrézcanle un puesto que no quiera, díganle que no tiene opción, que las
directrices vienen de arriba, que la ley es clara, que es porque él es el candidato
idóneo y el mismo presidente del banco exigió que fuera Riverita el afortunado,
así cuando se sienta a escuchar el llantén de los que vienen a pedir préstamos se
cansa y opta por renunciar o retirarse antes de tiempo con menos beneficios.
Así cuando se dé cuenta que sólo se presta a los que no necesitan, le dé en el
estómago lo que está sintiendo ahora cada vez que se encuentre en la calle a una
persona a la que se le negó un préstamo, se le embargó una propiedad, se le
robó una idea comercial para dársela a algún amigo del gerente, se le preguntó
dónde estaba ubicada esa finca que le iban a vender tan barata para después
soplarle la información a los desarrolladores socios del banco... y se harte y
arranque a ver televisión y a esperar la muerte. El gerente y los supervisores
estarían jugando con él. Aún así lo saludarían en la mañana con mucha efusión
"Riverita, cómo estás, te quiero mucho, cuídate". "Te quiero mucho"…piensa
Riverita, ahora todo el mundo quiere mucho a todo el mundo aunque lo quieran
joder.

Riverita llegó a la sucursal con su maletín y su almuerzo en una bolsa, la misma
que por muchos años le preparó su madre, y que ahora le preparaba su padre
anciano. Se dirigió a su lugar de siempre, se preparó para pronunciar su
primer "siguiente por favor". Los compañeros cajeros notaron que no olía a
loción, que su afeitada no era al ras, y que tenía bolsas bajos los ojos. Notaron
que temblaba, que su corbata estaba mal puesta, le vieron la edad. Riverita
observó que la supervisora de cajeros entrenaba a un muchacho y vio que el
gerente cuchicheaba con los oficiales bancarios. El gerente se le acercó muy
risueño, como siempre y le pidió que fuera a la oficina un momento.
"El banco lamenta que no quieras la promoción que te ofrecimos, pero te tengo
buenas noticias. Tú eres el mejor cajero de esta banco, el mejor cajero en la
historia del banco, nunca has tenido un descuadre. En la sucursal de Aguadilla
necesitamos urgentemente alguien como tú. Hoy me llamó el presidente del
banco y me dijo quiero a Riverita en Aguadilla, el banco lo necesita. Yo sé que
tú le tienes cariño al presidente, él te aprecia demasiado, envidia te tengo.
Cógete esta semana libre y la semana que viene te reportas en Aguadilla. Sé que
te va a ir muy bien".

Riverita cumplió su día de trabajo como si nada. No se descuadró. Al salir de la
sucursal pensó que Aguadilla estaba a tres horas de su casa, que no sabía guiar,
que no sabía cocinar, que nunca había dormido fuera de su cama, que la hija de
Mamel no le podría resolver si tuviera que ir a algún lugar, pensó que el
presidente no era tan buena gente como él creía, que no valió la pena darle su
vida al banco, que nunca había estado en Aguadilla, que lo querían botar.

Llegó a su casa y se dijo a sí mismo "me voy a quedar aquí, si aquella vez no me
esperaron afuera, ahora tampoco". Al otro día, como siempre, se afeitó al ras,
se puso su loción, cogió el almuerzo que le preparó su padre y se fue al banco.
Fue a su lugar de siempre y nadie se atrevió a decirle que no. La supervisora de
cajeros temblaba mientras pretendía emprender un día normal. El gerente
cruzó la sucursal, lo miró con asombro y se encerró en la oficina. Riverita se
arregló la corbata y dijo "el siguiente por favor.


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